jueves, 26 de marzo de 2015

Desarrollo de la personalidad en la adolescencia

El Autoconcepto representa el conjunto de características o atributos que nos definen como individuos y nos diferencian de los demás. Para construir un autoconcepto, los individuos ponen atención en la retroalimentación que reciben en sus asuntos cotidianos que muestran sus atributos, características y preferencias personales.

La autoestima, supone una valoración de nuestro autoconcepto, y por tanto un proceso de construcción social, al depender de cómo nos evalúan los demás para evaluarnos nosotros mismos.
La autoestima posibilita al adolescente una mejor entrada en la vida adulta con un desarrollo psíquico y emocional óptimo. Determinan la autoestima las relaciones con los padres: su apoyo y afecto propiciarán una alta autoestima en el adolescente, mientras que la excesiva crítica y exigencia, propiciará una baja autoestima, como también las enfermedades. También influye la relación con los iguales, cuánto más popular sea el adolescente por detalles o características que el considere que son bien valoradas por sus iguales, más alta será su autoestima al igual que con un alto rendimiento escolar. Influyen factores como las diferencias de género: en los varones, habilidad deportiva y sentimiento de eficacia. Y en las mujeres la calidad de sus relaciones interpersonales y su atractivo físico.
No obstante se produce un descenso de la autoestima al inicio debido la influencia familiar en el adolescente y cambios intensos físicos, que pueden provocar insatisfacción en el adolescente que los sufre, cambios en el contexto escolar y el inicio de relaciones sexuales y la búsqueda de pareja.
La identidad, definida principalmente desde la Psicología, se comprende como aquel núcleo del cual se conforma el yo. Se trata de un núcleo fijo y coherente que junto a la razón le permiten al ser humano interactuar con otros individuos presentes en el medio.
La formación de la identidad es un proceso que comienza a configurarse a partir de ciertas condiciones propias de la persona, presentes desde el momento de su nacimiento, junto a ciertos hechos y experiencias básicas. A partir de lo anterior, la identidad se forma otorgándonos una imagen compleja sobre nosotros mismos, la que nos permite actuar en forma coherente según lo que pensamos.

La adolescencia es un momento clave y critico en la formación de la identidad. Hay etapas que contribuyen a la diferenciación de la personalidad y a la génesis de la identidad. Es en la adolescencia cuando el individuo alcanza ese punto de sazón que permite vivir en sociedad y relacionarse con los demás como persona psicosocialmente sana o madura.
Existe una cierta imagen tópica de la adolescencia como edad turbulenta, de ebullición y estallido de fuerzas, surgidas de repente. El adolescente aparece como un ser patéticamente susceptible y vulnerable, dominado por muy fuertes sentimientos, dentro de los cuales no se gobierna bien y no acierta a orientarse.

Una adolescencia que aparece como abierta a toda suerte de experiencias sensitivas y emocionales, con aceptación del “riesgo festivo” y con una gran dificultad para admitir cualquier tipo de límite, consecuencia de la crisis a las que nos hemos referido. Nos encontramos en una sociedad que da un valor extremo a la seguridad y, paradójicamente, o como reacción a esto, nuestro jóvenes están más tentados que nunca por un jugueteo con conductas de riesgo que incluyen la posibilidad de la muerte. La madurez la tratan como una trayectoria evolutiva personal, en la cual, “el conocer el curso evolutivo típico, informa al sujeto sobre si su pasado evolutivo es normativo o desviado, sobre si su situación actual es adecuada temporalmente al “reloj social" o está “fuera de tiempo" y sobre lo que puede anticipar de su futuro desarrollo"

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