El Autoconcepto representa el conjunto de características o atributos que nos definen como individuos y nos diferencian de los demás. Para construir un autoconcepto, los individuos ponen atención en la retroalimentación que reciben en sus asuntos cotidianos que muestran sus atributos, características y preferencias personales.
La autoestima, supone una valoración de nuestro
autoconcepto, y por tanto un proceso de construcción social, al depender de
cómo nos evalúan los demás para evaluarnos nosotros mismos.
La autoestima posibilita al adolescente una mejor entrada en
la vida adulta con un desarrollo psíquico y emocional óptimo. Determinan la
autoestima las relaciones con los padres: su apoyo y afecto propiciarán una
alta autoestima en el adolescente, mientras que la excesiva crítica y
exigencia, propiciará una baja autoestima, como también las enfermedades.
También influye la relación con los iguales, cuánto más popular sea el
adolescente por detalles o características que el considere que son bien
valoradas por sus iguales, más alta será su autoestima al igual que con un alto
rendimiento escolar. Influyen factores como las diferencias de género: en los
varones, habilidad deportiva y sentimiento de eficacia. Y en las mujeres la
calidad de sus relaciones interpersonales y su atractivo físico.
No obstante se produce un descenso de la autoestima al
inicio debido la influencia familiar en el adolescente y cambios intensos
físicos, que pueden provocar insatisfacción en el adolescente que los sufre,
cambios en el contexto escolar y el inicio de relaciones sexuales y la búsqueda
de pareja.
La identidad, definida principalmente desde la Psicología,
se comprende como aquel núcleo del cual se conforma el yo. Se trata de un
núcleo fijo y coherente que junto a la razón le permiten al ser humano
interactuar con otros individuos presentes en el medio.
La formación de la identidad es un proceso que comienza a
configurarse a partir de ciertas condiciones propias de la persona, presentes
desde el momento de su nacimiento, junto a ciertos hechos y experiencias
básicas. A partir de lo anterior, la identidad se forma otorgándonos una imagen
compleja sobre nosotros mismos, la que nos permite actuar en forma coherente
según lo que pensamos.
La adolescencia es un momento clave y critico en la
formación de la identidad. Hay etapas que contribuyen a la diferenciación de la
personalidad y a la génesis de la identidad. Es en la adolescencia cuando el
individuo alcanza ese punto de sazón que permite vivir en sociedad y
relacionarse con los demás como persona psicosocialmente sana o madura.
Existe una cierta imagen tópica de la adolescencia como edad
turbulenta, de ebullición y estallido de fuerzas, surgidas de repente. El
adolescente aparece como un ser patéticamente susceptible y vulnerable,
dominado por muy fuertes sentimientos, dentro de los cuales no se gobierna bien
y no acierta a orientarse.
Una adolescencia que aparece como abierta a toda suerte de
experiencias sensitivas y emocionales, con aceptación del “riesgo festivo” y
con una gran dificultad para admitir cualquier tipo de límite, consecuencia de
la crisis a las que nos hemos referido. Nos encontramos en una sociedad que da
un valor extremo a la seguridad y, paradójicamente, o como reacción a esto,
nuestro jóvenes están más tentados que nunca por un jugueteo con conductas de
riesgo que incluyen la posibilidad de la muerte. La madurez la tratan como una
trayectoria evolutiva personal, en la cual, “el conocer el curso evolutivo
típico, informa al sujeto sobre si su pasado evolutivo es normativo o desviado,
sobre si su situación actual es adecuada temporalmente al “reloj social" o
está “fuera de tiempo" y sobre lo que puede anticipar de su futuro
desarrollo"


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